La frase «fingir demencia» se utiliza cuando alguien decide ignorar deliberadamente una realidad evidente para evitar asumir responsabilidades o enfrentar las consecuencias de una decisión.
Y viendo lo que ocurre hoy con el tipo de cambio en Paraguay, la pregunta surge casi naturalmente: ¿Estamos ante una estrategia de fingir demencia o ante una verdadera incapacidad para comprender la magnitud del problema?
Porque resulta difícil entender cómo, frente a una caída tan abrupta y sostenida del dólar, el Banco Central del Paraguay continúa observando pasivamente una situación que está afectando a gran parte de los sectores productivos más importantes del país.
La agricultura lo advierte. La ganadería lo advierte. La industria exportadora lo advierte. Los maquiladores lo advierten. El sector forestal lo advierte. El sector inmobiliario lo advierte. Y cada vez más economistas independientes también lo advierten. Sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma: silencio.
Lo llamativo es que cuando el dólar subió abruptamente, el Banco Central intervino para contener esa volatilidad. En aquel momento se entendió que movimientos bruscos podían generar distorsiones en la economía y afectar la previsibilidad que tanto necesita el sector privado para invertir.
La pregunta entonces es simple: ¿Por qué cuando el dólar sube se interviene y cuando baja de manera igualmente abrupta no? La volatilidad no deja de ser un problema por el simple hecho de que el movimiento sea hacia abajo.
En Paraguay gran parte de la economía genera sus ingresos en dólares y paga una porción importante de sus costos en guaraníes. Cuando el dólar pierde valor aceleradamente, miles de empresas ven reducirse sus márgenes de rentabilidad sin que necesariamente hayan cometido errores de gestión.
Algunos argumentan que los sectores importadores se benefician con un dólar barato. Y es cierto. En el corto plazo, quienes importan productos encuentran alivio en sus costos. Sin embargo, también vale la pena preguntarse si el principal argumento utilizado para justificar esta pasividad está logrando los resultados esperados.
Y la realidad indica que no. Después de una caída tan significativa del dólar, los consumidores no han visto una reducción equivalente en los precios de los bienes y servicios. En la práctica, los resultados han sido muy pobres. En la mayoría de los casos los precios prácticamente no han bajado, mientras
que los sectores productivos sí han sufrido de manera inmediata una fuerte pérdida de competitividad y rentabilidad. Es decir, estamos asumiendo un costo enorme para buena parte de la economía sin obtener el beneficio que supuestamente justificaba esa decisión.
Pero incluso muchos de los sectores importadores comienzan a manifestar preocupación. Porque entienden algo fundamental: ninguna economía puede prosperar cuando una parte importante de sus motores productivos está perdiendo competitividad. Si los sectores que generan divisas, inversión y empleo se debilitan, tarde o temprano la desaceleración termina afectando la demanda y el nivel de actividad de toda la economía, incluyendo a quienes inicialmente parecían beneficiados. Por eso resulta preocupante observar una posición tan rígida por parte de la autoridad monetaria. Nadie está pidiendo manipular artificialmente el mercado. Nadie está pidiendo sostener un valor específico del dólar. Lo que muchos sectores están reclamando es algo mucho más razonable: evitar movimientos extremos que terminan generando distorsiones tan dañinas como las que se intentan evitar cuando la moneda estadounidense sube abruptamente.
El Banco Central ha construido durante décadas una reputación de seriedad y prudencia. Y precisamente por esa razón resulta difícil comprender esta aparente indiferencia frente a un fenómeno que hoy preocupa a buena parte de quienes producen, exportan, invierten y generan empleo en Paraguay.
La estabilidad macroeconómica no consiste únicamente en controlar la inflación. También implica preservar condiciones razonables para que los sectores productivos puedan planificar, invertir y crecer. Cuando prácticamente todos los motores de la economía encienden una luz amarilla al mismo tiempo, ignorar las señales deja de ser prudencia. Y es allí donde vuelve a aparecer la pregunta inicial.
¿Estamos fingiendo demencia? ¿O realmente existe una desconexión preocupante entre quienes toman las decisiones y quienes enfrentan todos los días la realidad de producir en Paraguay? Porque la diferencia entre ambas respuestas es enorme. Pero sus consecuencias pueden terminar siendo exactamente las mismas.