Somos muchos los beneficiados por el crecimiento económico de Paraguay y quienes respaldamos
las políticas de baja carga impositiva, apertura comercial e independencia del Banco Central. Por el
bien del país y el nuestro, deseamos que esta dinámica positiva perdure. Por ello, resulta
indispensable preguntarse: ¿qué condiciones deben darse para que esta bonhomía se extienda en
el tiempo?
Para responder a este interrogante, resulta didáctico comparar la trayectoria paraguaya con la de
Chile, una de las economías de mayor y más constante crecimiento regional en las últimas décadas.
La analogía no es casual: hace unos meses, durante la visita de una delegación empresarial chilena
al país, uno de sus miembros comentaba que el momento actual de Paraguay le recordaba el
proceso iniciado por Chile tiempo atrás.
Ambos modelos comparten una similitud clave: la apuesta por la estabilidad macroeconómica, la
disciplina fiscal y un entorno tributario favorable para atraer inversión privada y dinamizar la
producción. Sin embargo, aunque Paraguay ya cuenta con variables necesarias para el crecimiento,
estas aún no son suficientes para garantizar su sostenibilidad en el tiempo.
En economía, una condición necesaria es un requisito obligatorio, pero su sola presencia no
asegura el resultado final si faltan otros factores complementarios. ¿Qué elementos adicionales
requiere la economía paraguaya para asimilarse al desarrollo chileno y consolidar un crecimiento
sustentable y duradero?
Un botón de muestra sobre la cultura fiscal
A mediados de los años ochenta tuve la oportunidad de trabajar en Chile. Para salir del país con mi
visa laboral, debía tramitar un salvoconducto emitido por el Servicio de Impuestos Internos (SII) —
el equivalente a la DNIT/SET paraguaya—. El criterio era simple y contundente: o estabas al día con
tus obligaciones tributarias, o no salías del país.
Aunque resumir las diferencias entre ambas economías mediante una anécdota personal pueda
parecer reduccionista, a veces un pequeño ejemplo ilustra mejor la realidad institucional que una
montaña de cifras: para muestra, basta un botón. Más allá de las diferencias culturales entre ambas
sociedades, los datos macroeconómicos actuales reflejan con claridad la brecha que aún nos
separa:
Tamaño de la economía: El Producto Interno Bruto (PIB) nominal de Chile ronda los US$ 407.850
millones, frente a los US$ 60.540 millones de Paraguay.
PIB per cápita nominal: Chile alcanza los US$ 20.240 por habitante (tercero en Latinoamérica,
detrás de Uruguay y Panamá), mientras que Paraguay se ubica en US$ 9.371 (octavo en la región).
Perspectiva histórica: Hace cuatro décadas, el PIB per cápita chileno era de unos US$ 1.500
(equivalentes a unos US$ 4.700 actuales ajustados por inflación), es decir, la mitad de lo que genera
Paraguay hoy.
Para acortar esta distancia, es necesario analizar tres barreras estructurales fundamentales:
- Informalidad laboral: el freno a la productividad
Chile registra una tasa de ocupación informal cercana al 27%, mientras que en Paraguay la
informalidad laboral alcanza al 64%. Esto significa que seis de cada diez trabajadores paraguayos
carecen de protección social, aportes jubilatorios o seguro médico, según datos de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT).
Un desarrollo sostenible e inclusivo es inviable a largo plazo con semejante nivel de informalidad.
Si bien el sector informal actúa como un amortiguador de subsistencia en el corto plazo, en el
agregado limita la productividad y sofoca el desarrollo debido a:
Baja productividad: Las microempresas informales evitan escalar o incorporar tecnología para no
ser detectadas.
Déficit fiscal y de bienes públicos: La evasión reduce los ingresos del Estado, limitando la inversión
en infraestructura, salud y educación.
Vulnerabilidad laboral: Los trabajadores quedan desprotegidos frente a contingencias de salud o
vejez.
Trampa de pobreza: Se perpetúa la desigualdad al restringir la acumulación de capital humano y el
acceso al crédito formal. - Inversión en educación: superar el modelo primario
Aunque el presupuesto educativo en Paraguay ha mostrado incrementos nominales —superando
los 11,3 billones de guaraníes para 2026—, el gasto se mantiene estancado alrededor del 3,4% del
PIB. En contraste, la inversión en educación en Chile evolucionó desde un 2,25% a inicios de los
noventa hasta estabilizarse en torno al 5,9% del PIB (público y privado), superando el promedio de
la OCDE.
Es posible generar crecimiento a corto plazo con baja inversión educativa mediante el
aprovechamiento de recursos naturales o ventajas de costos, pero este esquema es frágil y
vulnerable:
Factores de crecimiento inicial: Abundancia de recursos naturales, mano de obra barata y auges
temporales en los precios de las commodities.
Límites del modelo: Aparición de la trampa del ingreso medio (incapacidad de competir en
industrias avanzadas), persistencia de la desigualdad, vulnerabilidad ante shocks externos y
dependencia tecnológica del exterior. - Transparencia e institucionalidad
La brecha institucional es quizás la más crítica. En el Índice de Percepción de la Corrupción de
Transparencia Internacional, Chile obtiene 63 puntos sobre 100 y ocupa el puesto 31 a nivel mundial
(líder regional), mientras que Paraguay alcanza 24 puntos y se sitúa en el puesto 150.
La falta de transparencia frena la inversión y debilita el tejido económico. Investigaciones empíricas
globales señalan que un deterioro significativo en los estándares de integridad institucional reduce
el PIB real per cápita de largo plazo en aproximadamente un 17%. - Conclusión
Para que la bonhomía económica paraguaya no se reduzca a un ciclo pasajero de materias primas
o ventajas fiscales comparativas, el país debe dar el salto de un modelo basado en factores
(recursos naturales, mano de obra barata e impuestos bajos) a un modelo basado en la
productividad y el fortalecimiento institucional.
Paraguay ha construido una disciplina macroeconómica envidiable que es ejemplo en la
región. Sin embargo, para consolidar ese camino y aproximarse al desarrollo de economías
como la chilena, la agenda prioritaria de los próximos años deberá enfocarse en tres pilares
ineludibles: formalizar la economía, elevar sustancialmente la calidad educativa y consolidar
la transparencia del Estado.